jueves, 10 de septiembre de 2015

Dos capítulos esenciales de la historia del Partido Colorado


Para entender la historia política paraguaya es imprescindible conocer a su principal protagonista: el Partido Colorado; su origen, que se remonta a las postrimerías de la genocida Guerra contra la Triple Alianza, sus influencias y desafíos, la ciclópea labor de iniciar la reconstrucción de un país en ruinas y erigir las primeras instituciones de una nación que buscaba ser una república, etapa en la cual la personalidad y el liderazgo de Bernardino Caballero fueron preponderantes.

Su caída y alejamiento del poder, período que se extendió por casi toda la mitad del siglo XX, significó un estancamiento económico de secuelas aún visibles y la inestabilidad, o mejor dicho, el caos político que postergó la consolidación de las instituciones y la vigencia real del estado de derecho.

En el año 1947, se retoma el poder y con él la misión interrumpida. Los gobiernos que se sucedieron (entre ellos el de Stroessner), con sus luces y sus inocultables sombras, se encargaron de dotar al país las principales obras de infraestructura, empresas y reparticiones públicas necesarias para el funcionamiento de un Estado moderno y el desarrollo nacional.

Al Partido Colorado le tocó, asimismo, iniciar y consolidar el proceso de democratización del país, empresa que contó con no pocos escollos, pero que está coronada con la vigencia plena de las libertades públicas y una activa participación ciudadana en el quehacer político paraguayo. Le cupo, igualmente, emprender la no menos importante labor de formalizar la economía, con una profunda reorganización de la hacienda pública y sus instituciones, proceso aún en desarrollo y que ha dado ya importantes logros.

Decía Carlyle que la historia de la humanidad es la historia de los grandes hombres, y si bien es cierto que las instituciones sobreviven a los hombres, es innegable que llevan la impronta de sus protagonistas y la carga genética de sus creadores. Por eso, en esta primera charla, haremos un bosquejo de dos momentos estelares de la historia del Partido Colorado: la etapa fundacional y el periodo de toma de conciencia de la inequidad social imperante y la consecuente lucha por superarla.

DE RUINAS Y CEMENTERIOS

Son pocos los que todavía dudan de que la Guerra contra la Triple Alianza fue un proyecto genocida, de exterminio poblacional y mutilación territorial. Los hechos y sus consecuencias son por demás elocuentes: terminada la contienda el Paraguay quedó con menos de la mitad de sus habitantes, con el agravante de que los sobrevivientes eran en su mayoría mujeres, niños y ancianos (y millares de mutilados y heridos). Sus mejores hombres habían quedado en los campos de batalla o padecieron víctimas del hambre y de las epidemias. La década de posguerra, constituyó una de las etapas más críticas de nuestra historia. En 1869, la producción agrícola se redujo a niveles mínimos, las maciegas ocuparon el lugar de los cultivos abandonados (las malezas inclusive invadieron las calles); desapareció la floreciente ganadería; la vía férrea quedó destrozada y sus vagones y locomotoras, inservibles; decenas de pueblos fantasmas se convirtieron en recuerdo de tiempos mejores. Las tropas brasileñas demolieron la fundición de hierro de Ybycuí, el arsenal y el astillero de Asunción y la línea telegráfica tendida hasta Humaitá.[1] Los edificios públicos y viviendas de la capital y sus alrededores fueron vergonzosamente saqueados por los invasores.

Ese fue el difícil escenario en el cual le tocó actuar a Bernardino Caballero. Indiscutible héroe de la epopeya, que había demostrado su valor y talento militar en muchas batallas, todas ellas peleando con tropas ampliamente inferiores en número en comparación con los aliados. Participó de las grandes batallas de Estero Bellaco, Tuyutí, Ytororó, Itá Ybaté y Acosta Ñu, batiéndose con coraje, al límite de sus fuerzas y ganándose por lo mismo el respeto de la tropa e inclusive de sus propios enemigos. Al volver de Brasil, donde fue llevado prisionero después de Cerro Corá, con su prestigio y carisma, junta a otro héroe, Patricio Escobar, lideró la facción conservadora (opuesta a los liberales), que poco después daría origen al Partido Colorado[2]. En aquellos años, tener una constitución democrática no servía de mucho, sus preceptos eran ignorados por la mayoría y menos aún importaban los principios. Entonces, imperaban los hombres no la ley.

Con la hacienda pública en quiebra y con default, Bernardino Caballero llegó a la Presidencia de la República en 1880. Para una población todavía adormecida por años de autoritarismo, su figura patriarcal y benevolente de karaí era el bálsamo esperado. Era esencialmente un hombre de acción, no de ideas y con ese pragmatismo encaró los innumerables problemas del país. Se destaca en su gestión la pacificación nacional como punto de partida y una amplia tolerancia con la prensa, amplitud inédita para esos años y para nuestra incipiente cultura cívica. Se condujo con dignidad y compromiso con el Paraguay y no se enmarcó en quimeras ni proyectos inalcanzables. Su principal asesor y destacado miembro de su gabinete fue José Segundo Decoud, quien pese a haber pertenecido al grupo liberal se unió a Caballero[3], quizás por oportunismo, pero lo cierto es que se convirtió en un valioso guía para el gobierno, por sobre todo, patriótico. También se destacó en su gabinete el ilustrado y también militar y fundador de la Asociación Nacional Republicana, Juan Crisóstomo Centurión.

Entre sus obras se destacan la creación del Registro Civil, del Banco Nacional, la recuperación del ferrocarril. Para mejorar el sistema de comunicaciones impulsó los trabajos de reparación de la línea telegráfica, amortizó parte de la deuda interna. [4] Los recursos propios del país no alcanzaban para sostenerlo y ejercer la primera magistratura, en esas condiciones, era un verdadero desafío. La actividad agrícola fue recuperándose y el país se levantó de su postración. La educación volvió a ser atención del gobierno, creándose escuelas de agricultura y comercio, inclusive y pese a los precarios recursos se otorgaron becas a jóvenes para cursar estudios en Uruguay y Argentina. El comercio, por su parte, cobró vitalidad y se estimuló, además, el flujo de inmigrantes, fundándose en consecuencia varias colonias. La ciudadanía, ajena a las disquisiciones políticas, recuperó la esperanza y se dedicó a trabajar en paz o por lo menos en una necesaria tregua.

A menos de un año de concluido el mandato de Caballero, bajo la presidencia de Patricio Escobar y como testimonio de las libertades públicas que estaban siendo prácticamente inauguradas, se fundaron los principales partidos del país. Primero fue el Centro Democrático (una de las denominaciones del Partido Liberal), el 10 de julio de 1887 y luego, Bernardino Caballero y sus partidarios, que estaban entonces guiando los destinos de la nación, dieron nacimiento formal a la Asociación Nacional Republicana, el 11 de septiembre del mismo año. Esta bipartición, que quizás fue producto de la lucha de poderes y con trasfondo más bien electoralista, marcó el inicio de dos fuerzas políticas, a las que el paso de los años dio claros contornos y características bien diferentes.

El Partido Colorado, desde sus inicios, asumió el compromiso erigir una república sobre la base de la soberanía popular y teniendo como norte la prosperidad y engrandecimiento de la patria, tal como se preconizó en el Manifiesto del 11 de septiembre de 1887, que se copia en lo pertinente:

La soberanía popular es el gran fundamento de la República. El pueblo se ha reservado el derecho de designar los mandatarios que han de dirigir sus destinos elevando a los puestos públicos a ciudadanos honestos e idóneos, capaces de hacer su felicidad y de establecer en el país el reinado de la justicia y la moralidad política. 


MIRANDO HACIA EL ENTORNO

En 1904, un levantamiento liberal alejó al Partido Colorado del poder y lo dejó por muchos años en la llanura. Asumir las riendas de una nación en años tan críticos y con tan pocos recursos lo había desgastado. 

Desde entonces, la inestabilidad política y el estado de sitio se hicieron permanentes, el Partido Liberal en función de gobierno, nunca logró unir sus facciones, quienes muchas ocasiones y ante la ausencia del censurado Partido Colorado, hallaron en sus propios correligionarios a sus peores enemigos. Prueba de ello, es que tuvo más trascendencia Albino Jara que Manuel Gondra o Cecilio Báez. Además, las dos guerras civiles de esas décadas enfrentaros sectores internos del liberalismo. En la contienda de 1911 a 1912, lo hicieron cívicos contra radicales y en 1922, las fuerzas del coronel Adolfo Chirife, también liberal, se levantaron contra el gobierno de Eusebio Ayala. Como saldo, además de millares de muertos y heridos, y una atroz recesión económica, se agotaron los recursos bélicos del Estado, que además de pobre se quedaba sin armas para defenderse de sus verdaderos enemigos, los bolivianos que estaban ocupando el Chaco. 

En esos años de incertidumbre y crisis permanente, pese a las persecuciones y exilio de sus principales líderes, el Partido Colorado acompañó el proceso de cambio que a nivel global estaba experimentándose, con la aparición de hombres prominentes que dejaron su impronta en nuestra historia. La sociedad exigía mayor protagonismo del Estado en la solución de los problemas de salud, desempleo, educación, vivienda, tenencia de la tierra y otros males endémicos del Paraguay, y el modelo liberal imperante, apenas sirvió para la creación de una oligarquía que se repartió los privilegios y riquezas del país, el resto de la población sobrevivía en la miseria. 

En respuesta a tantas desigualdades levantaron su voz grandes luchadores y reformadores colorados como Ignacio A. Pane, Telémaco Silvera, Ricardo Brugada, Juan León Mallorquín y Roberto L. Petit, por citar algunos nombres. 

Las industrias en el Paraguay, de las primeras décadas del siglo XX, eran contadas y estaban en su mayoría en la capital. Esa escasa industrialización impidió la formación de lo que se conoce como clase obrera, como se dio en otros países, lo que no significa que los problemas de explotación laboral eran menores en el nuestro. Las pésimas condiciones de trabajo y los reiterados abusos de los empleadores fueron constantes en la era liberal, gobernada por representantes de una oligarquía anclada en el siglo pasado. Ignacio A. Pane, escritor y docente, en contestación al régimen individualista imperante se declaró socialista[5] y desde los lugares en los que le tocó actuar, denunció las vergonzosas desigualdades sociales y la indiferencia gubernamental hacia ellas, impulsando, asimismo, numerosas medidas desde el Congreso. No debemos olvidar que, las garantías laborales a las que hoy nos acostumbramos y tienen inclusive rango constitucional, eran entonces tan utópicas como desconocidas. Por eso es más destacable la labor de Pane. Siendo diputado por la ANR, con Ricardo Brugada y Antolín Irala, presentó el proyecto de ley para limitar la jornada laboral a ocho horas,[6] y entre otras medidas protectoras del trabajo de mujeres y niños, declarar feriado el 1° de mayo, en adscripción a la corriente universal que consagraba al obrero como uno de los pilares del progreso de la civilización. No es detalle menor que el partido gobernante, con representación mayoritaria en el Parlamento se opusiera a esas reformas.[7] 

En ese mismo año del centenario de nuestra independencia, los senadores colorados Juan Manuel Frutos y Antolín Irala, bregaban por la aprobación del proyecto que extendía el beneficio del descanso dominical a los trabajadores de todo el país, con la férrea oposición de los congresistas liberales.[8] Estos senadores republicanos presentaron, de la misma forma, el proyecto que atribuía a los empleadores la responsabilidad de atender e indemnizar a los obreros que sufrían accidentes en el trabajo. 

Ignacio A. Pane, además, fue precursor al denunciar en 1907, la salvaje explotación a la que eran sometidos los trabajadores en los yerbales del Alto Paraná, conocidos como mensú, palabra de sombría evocación y recuerdo trágico. Su visita a Tacurupucú (hoy Hernandarias),[9] influyó sensiblemente en su visión sobre la sociedad y sobre las postergaciones y numerosas injusticias que soportabas millares de obreros en el país, más aún en el interior, donde la voluntad del patrón estaba por encima de la dignidad humada y del estado derecho. En una de sus publicaciones en el diario La Patria, reclamaba:

Podría decirse que aquellos establecimientos forman una jurisdicción aparte e independiente de la nacional; las leyes del Estado no tienen efectividad ni fuerza por tratarse de pequeños feudos enteramente sometidos a la voluntad señorial.

Allá no hay más ley que la voluntad del patrón y todos aquellos miles de jornaleros viven bajo la tiranía del látigo del capataz (…) Frecuentemente mueren los peones sin que se conozcan en qué circunstancias se produjo la muerte; más de uno de aquellos infelices ha penetrado en plena entraña del yerbal para no volver, y en estos casos el látigo o el revólver suele tener una intervención criminal y funesta.[10] 

Por su parte, Telémaco Silvera, también diputado por el Partido Colorado y director del diario Patria, en 1919, presentó proyectos de ley adelantados a su tiempo, como lo fueron el divorcio y el reconocimiento de los derechos civiles y políticos de la mujer. En esas primeras décadas del siglo XX, a la mujer paraguaya, tan importante en el período de reconstrucción nacional, se le negaba la participación en actividades públicas, el acceso a los cargos electivos e inclusive y el derecho a sufragar.[11]

Igualmente se destacó en ese tiempo de anémicas instituciones, el célebre Ricardo Brugada, gran luchador y reivindicador de los trabajadores. Aunque no tenía la formación intelectual de Ignacio A. Pane, su altruismo pocas veces visto, su compromiso con la sociedad de su tiempo y el servicio constante a la gente humilde, fueron gravitantes.

Los políticos colorados, en su mayoría, supieron interpretar las necesidades de su tiempo y lucharon por la reivindicación de los sectores marginados y la reducción de las desigualdades sociales. Lo hacían desde la tribuna, en las calles, a través de la prensa y a partir de los pocos escaños ocupados en el Parlamento, con un férreo hostigamiento gubernamental que les valió, persecuciones, prisión y exilio.

Las ideas y sin dudas la acción de esos hombres, dejaron huellas indelebles en el ideario colorado y marcó el derrotero de futuros pensadores y políticos republicanos, (entre quienes se puede citar a Natalicio González que defendió el Estado servidor del hombre libre y Roberto L. Petit con su política agrarista) que siguieron estos ejemplos de compromiso y coraje, señalando con claridad sus diferencias con el modelo conservador y oligárquico del Partido Liberal.

Esta reunión, en plena vigencia de las libertades públicas, busca reanudar los hilos de nuestra historia y resaltar la importancia de sus protagonistas para estas nuevas generaciones y para nuestras instituciones democráticas. El aporte, la lucha y el legado de tantos políticos y pensadores colorados fueron omitidos, sesgados o ignorados por historiadores y publicitas de nuestra oposición por medio de la desinformación y la mentira. Por eso, iniciamos este proceso que busca, además de difundir la obra civilizadora del coloradismo, honrar la memoria de quienes edificaron la grandeza de nuestro partido.

Ypacaraí, 10 de septiembre de 2015.


REFERENCIAS


[1] Harris Gaylord Warren; La reconstrucción del Paraguay, 1878-1904, Intercontinental Editora; Asunción, Paraguay; año 2010; p. 17

[2] Muchos autores aseveran que el fundador del coloradismo fue Cándido Bareiro, por haber aglutinado elementos militares, conservadores, y después inclusive legionarios como José Segundo Decoud y otros, para constituir una fuerza heterogénea pero con firme ambición de poder.

[3] En 1871, Decoud y Caballero integraron el Gabinete de Cirilo Antonio Rivarola y cuando éste decretó la disolución del Parlamento, por lo aberrante e inconstitucional de la medida, ambos ministros se negaros a bastantear el decreto y presentaron renuncia a sus cargos.

[4] El presupuesto público de 1882 era de apenas $f 285.275, en comparación con la deuda externa que ascendía a la suma de $ 23.426.293.

[5] El socialismo de Pane no es del tipo marxista, se trata más bien de una visión solidaria y pragmática de la política, que preconiza la lucha por reducir las asimetrías en la sociedad, una socialdemocracia.

[6] Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 11 de junio de 1911. Este derecho laboral fue reconocido recién en el año 1936, bajo el gobierno de Rafael Franco.

[7] Julio César Frutos; El progresismo colorado y las ideas liberales; Editorial Medusa; Asunción; año 2008; pp. 174-175.

[8] En 1902, se había aprobado una ley que reconocía dicho privilegio, pero solo para obreros de la capital.

[9] El primer gobernante liberal, Juan B. Gaona, presidía al mismo tiempo La Industrial Paraguaya, empresa que tenía a su cargo la explotación de los yerbales y de miles de compatriotas.

[10] Adrián Cattivelli Taibo; Ignacio A. Pane; editorial El Lector, Asunción, Paraguay; pp. 40-41.

[11] Por Ley N° 704 del año 1961, después de muchos años de postergación, fueron reconocidos los derechos políticos de la mujer en nuestro país. El último de la región en hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario